Toni Strubell i Trueta


maig 03
El tiempo es oro. Pero a veces te dices, venga, no servirá de nada, pero dediquémosle un rato a una causa perdida, a un entretenimiento baldío en los tiempos que corren en que la banalidad interesada, la mentira, las identidades fake y la descalificación a insultos al contrario se han hecho tan presentes en el “debate” público. Vamos con ello pues, en el idioma de Cervantes. Ante la proliferación de “fake news” sobre el tema catalán, algunas orquestadas incluso desde el mismísimo Ministerio del Interior del Gobierno de España (por ejemplo, falsas acusaciones contra candidatos Mas y Trias, falsas acusaciones de violencia contra el Referendun del 1 de octubre de 2017, papel del comisario Villarejo etc.), una amiga envía como curiosidad un nuevo vídeo basado en una supuesta carta de un supuesto “estudiante catalán”, sobre la maligna educación que dice haber recibido, pretendiendo ahora denunciar todas las “falsedades” con que se le ha querido “engañar”, respecto a su país, a lo largo de la vida. Una vez leídas las primeres lineas, promete. Palomitas, por favor. Antes de considerar el contenido del vídeo en si, a lo primero que habría que atender es a las dudas ante la supuesta identidad de este “estudiante catalán”. Salta a la vista de cualquier persona con nociones de psicologia y comunicación, que no hay ningún “estudiante catalán” real detrás de la autoría de este vídeo. Hasta un detective novato o un alumno de primero de Filología, verían que se trata de un joven catalán a todas luces inventado. No puede ser otra cosa. Y ¡cuidado! Con esto no quiero decir que no haya jóvenes catalanes críticos con su país o su educación, como los hay en todas partes, vaya, faltaría más. Simplemente llama la atención, desde el primer momento, que la visión de la realidad que se le confecciona a este “joven estudiante catalán” es claramente maniquea, basada en tópicos demasiado recurrentes en los argumentarios de Ciudadanos y diseñada a medida con un solo ánimo: el de intentar desacreditar, desde dentro, un sistema educativo reconocido internacionalmente, pero que aquí se nos presenta como una vulgar caricatura de cartón-piedra. El vídeo arranca de forma ominosa describiendo una infancia atosigada por lo que se nos presenta como una especie de bombardeo de elementos culturales, musicales y televisivos que habrían ido acompañando –y enajenando, se nos insinúa- al “estudiante” durante sus años formativos. Habla de los programas “Bola de drac”, del Club Super Tres, de los “Caçafantasmes” o del grupo Els Pets, por ejemplo. ¿Con qué finalidad? ¿Qué quieren sus autores que pensemos los receptores de este vídeo ante esta enumeración de elementos culturales que han rodeado las vidas de tantos jóvenes catalanes? ¿Qué hay de malo en ello? ¿Qué hay de malo en ellos? Que nos lo digan, por favor, porque parece que el relato del vídeo nos quiere hacer pensar que con su mera enumeración, ya estemos entrando en una especie de galeria de los horrores. ¿Tan malo es que los jóvenes catalanes hayan podido ver cosas diferentes, tener programas diferentes, seguir grupos musicales diferentes a los que han seguido los jóvenes de otras comunidades autónomas? ¿Hubiera estado bien que vieran los mismos programas, artistas etc. en todo el Estado, se nos està insinuando quizás? ¿Tan peligrosa es la diferencia? ¿Hasta donde debe imperar la unificación de la cultura? ¿Con qué fin? ¿Qué fronteras mandan? ¿Qué lo diferencia del uniformismo? ¿No estaremos viendo la gran sabiduría que emanaba de esa observación de Ovidi Montllor según la cual los que censuraban la cultura catalana solían ser los mismos que censuraban la cultura en general? El vídeo-carta del supuesto “estudiante catalán” seguidamente menciona el tan cacareado tema del mapa del tiempo de TV3, el que tan insidiosamente, y durante unos pocos segundos, comete el atropello de mostrar un mapa de los llamados “Paises Catalanes”. ¿O simplemente es la costa mediterrània eso que se ve? ¿Y? ¿No sería bueno ver las cosas en su auténtica dimensión en vez de dar crédito a los fantasmas personales de Albert Rivera? Uno acaba no sabiendo si es más grave ignorar que hay muchas personas que siguen (cuando no les ha sido prohibido) TV3, tanto en Valencia como en Baleares, o si lo es negarles la oportunidad de informarse sobre el tiempo que hará en su área en el idioma común. Opción largos años negada, hay que decirlo, por hechos mucho más graves que los percibidos por el supuesto “estudiante catalán”. ¿O no es así? ¿No lo es el hecho que el PP en Valencia suprimiera durante años el canal público propio de TV, Canal 9, en valenciano? ¿O que, en ausencia de un medio televisivo en valenciano, el Gobierno del PP barrara el paso a la señal de TV3 en Valencia en aras de protegir Valencia de la supuesta “invasión catalana”? Hecho cuya gravedad aumenta al ver que esta prohibición contraviene una legislación de la EU que específicamente pide la no exclusión de señales televisivas transfronterizas, en el caso de las lenguas “menos habladas”. Normativa cuya aplicación se salta en España con total impunidad. Pero sigamos. El relato del truculento vídeo-carta, cada vez más cargado de tópicos de manual de campaña de Ciudadanos, ahora nos viene a defender la tesis de su título, vaya, según el cual, en tantas palabras, el catalanismo estaría basado en “mitos”. Ahá... Seguidamente, ni corto ni perezoso, se dispone a dar ejemplos de ello. Más palomitas por favor. Previsiblemente empieza con el sugestivo tema de la leyenda de las “4 barras”. LEYENDA. Jamás nadie ha dicho que eso sea real, histórico. Mala fe es lo que demuestra afirmándo lo contrario. Pero antes de seguir, quizás sería mejor recordar lo que han dicho los sabios sobre los mitos en general Platón, por ejemplo, decía que el mundo no se entendería sin ellos. Y definía un buen politico como un buen mantenedor de mitos. Porque las leyendas, los mitos, también forman parte de la siempre compleja realidad cultural, fruto todo ella de la mente humana en definitiva. En todo caso, es curioso ver tanto empeño en hablar de “inventos”, como si el pasado estuviera compuesto de hechos incontestables (en el caso de los estado-nación de cuyo origen “legítimo”, con cordón umbilical directo al paraiso primigenio, nadie duda) en contraposición con otras identidades inventadas por mezquinos intereses regionalistas. Los que piensan así, ¿no estarían cayendo –ahora sí- en mitos del XIX que obsesivamente fijaban las “grandes y inalterables verdades históricas” como si fueran un mosquito atrapado en al ámbar?. No caigamos ahora en el síndrome “flecha medieval de Nôtre-Dame” (realmente, de poco más de cien años), porqué podemos salir trasquilados. “Realidades” mucho más consistentes han caido por el empeño de otorgar cédulas de orígenes puros. Tendrían que andarse con más cuidado a la hora de discriminar entre historia y mito porque por ese camino quizás encontrarían, por ejemplo, que Castilla no hubiera sido realmente un reino (al menos en origen), que García Lorca fuera un furibundo catalanista o que la Armada no fuera Invencible. ¿Habrá descubierto estas y otras cosas nuestro indignadísimo “estudiante catalán” hoy? Con lo fácil que resulta darse un paseo por una biblioteca no depurada y consultar los fondos documentales sobre la realidad catalana para saber que estamos ante algo sólido y histórico, de algo que no marcha con una dictadura, ni con un macro-juicio, ni siquiera viendo el culo de Albert Boadella a través de una estelada rota. La realidad catalana, mal les pese, es algo que pocos historiadores negarían que fuera –y es- una realidad nacional, con sus miserias y sus aciertos. Pero nacional. El historiador francés Pierre Vilar llegó a insistir que Cataluña era una de las más consisitentes y antiguas naciones de Europa. Haría bien nuestro “estudiante catalán” en tomar un paso más y preguntarse porqué esa realidad ha sido tan contestada y negada por la tradición castellano-española. ¿Era porque se sentia amenazada por ella? No confundamos el odio al rival con la voluntad de borrar su existencia. El vídeo-carta de nuestro entrañable “estudiante catalán” seguidamente se sumerge en otra ciénaga: la del baile de la Sardana. Y es aquí donde, fillets de Déu, ya nos echamos las manos a la cabeza definitivamente ante tanto alarde de maniqueismo. Nos denuncia que, según afirma, la Sardana fuera “inventada” en 1817 (incluso puede avanzar la fecha, se ve) para suplantar el avance de la Jota. Y que lo fue por la mano de un señor, dice, hijo de militar español, que no se llamaba “Pep” sinó “José” y que nació en la provincia de Jaen. ¡Caramba! ¿Y? Pero vamos a ver ¿procederemos a anular la independencia de los Estados Unidos de América porque George Washington empezó su carrera como militar al Servicio del Rey Jorge III? ¿Vamos a anular la independencia de Irlanda porque De Valera nació en Estados Unidos? ¡Qué simplismo, por favor! Negar a la Sardana un impulso de modernización hace 2 (dos) siglos, cuando nadie hablaba todavía ni de nacionalismo político catalán, ni de “bailes nacionales”, es mostrar una mala fe considerable hacia el mundo de la cultura popular. O sea que los bailes populares no evolucionan, ¿no? Y si evolucionan, no es por la mano de un músico, sinó por obra de Diós. ¿Es eso, no? Si no bailamos la Sardana como lo hacían ya Adán y Eva en el Edén, no vale ¿no?. Por si fuera poco, el redactor del vídeo-carta demuestra un desconocimiento total sobre la historia de la sardana, cuya tradición se pierde en la noche de los tiempos. De acuerdo, no se bailaba antiguamente con una cobla de once músicos. Lo admitimos. Se bailaba con una cobla de tres quartans, de tres instrumentos. ¿Y? ¿Qué, ya no vale? ¿Qué molesta? ¿Que Pep Ventura no hubiera nacido en el camerino de la Virgen de Montserrat? ¡Qué asquerosa manía de ver todo lo catalán con sospecha, artificio, antipatia y odio! Eso sí, sin cuestionarse nada del relato español-castellano y su origen divino. Porque allí la Constitución manda que no se cuestione nada, ¿no? Acto seguido, el supuesto “estudiante catalán” acusa a los catalanes con eso de mirarse el ombligo por no haber viajado. Se muestra incapaz de ver que una visión internacional y un espíritu mestizo está en la misma raiz de gran parte de la catalanidad. Los catalanes siempre han mirada al mundo. Raimon Llull viajó, Santa Teresa no. Anselm Turmeda está enterrado en una calle de Orán, Argelia. Tirant lo Blanc viajó a Inglaterra donde se plasma buena parte de su novelesca historia. Xavier Cugat amenizó musicalmente Hollywood y Aurora Bertran vivió en la islas pacíficas sin renunciar nunca a sus orígenes. Durante el siglo XIX, se calcula que hasta un 25% de los habitantes de algunos pueblos del litoral catalán fueron de indianos a América. Joan Pujol engañó a Hitler desde la distancia y un catalán fue el primero en llegar oficialmente a América, Dios lo haya perdonado. ¿Cómo se puede llamar cerrados a los catalanes? No comprendo. ¿Cómo sostener que no viajamos, que no tenemos la mente abierta? Si no tenemos otra cosa. La Gran Anaconda es de los programas de viajes más duraderos de las radios europeas. Catalanes fueron los creadores del Real Madrid, de la Feria de Abril de Sevilla y las grandes empresas cubanas de ron y puros. Y no lo hicieron desde un despacho en Vic. Precisamente, si de una cosa no se les puede acusar a los catalanes es de cerrazón y aislamiento. Su modernismo nórdico, su arte italianizante, su románico de miras europeas dan prueba de ello. Nunca se ha hecho ascos a lo foráneo. ¡Si tradicionalmete más bien ha proliferado el perfil de catalán escéptico con tendencia a valorar siempre lo ajeno por encima de lo propio! Por algo somos tierra de paso. Ya teníamos Consulado de Mar cuando Madrid era un polvoriento páramo a orillas del Manzanares. Tenemos desde tiempos inmemoriales una pasíon por lo nuevo, por lo exótico y el placer por viajar. Se dice que nunca estarás solo en tu viaje al fin del mundo porque siempre encontrarás allí a un pelma catalán. Hablando de pelmas, el “estudiante catalán”, como buen adolescente, sigue insistiendo que le han engañado también con la tradición del Tió. Sin embargo, unos breves minutos para consultar en el Wikipedia le hubieran revelado que el Tió es una tradición que se pierde en la noche de los tiempos, tanto en Cataluña como en Aragón, compartiendo elementos comunes como el tronco/árbol de navidad, los cánticos, el solsticio de invierno o el regalo/ofrecimiento. Otra cosa es que nos preguntemos por los impulsos que hace que elementos diferentes de la cultura de un país tengan más o menos presencia en según qué épocas. Alguien puede preguntarse porqué els castellers o la cocina catalana gozan actualmente de una popularidad muy superior a la que gozaba unos años atrás. Y la respuesta clara es que el franquismo hay que señalarlo como fuerte inhibidor de muchos aspectos de la cultura catalana, empezando por la lengua que estuvo sistemáticamente postergada, incluso prohibida, en casi todos los ámbitos no estrictamente privados durante el franquismo. Negarlo sería negacionismo. Escandalizarse porque vulevan las costumbres de un pueblo después de la represión de una dictadura, equivale a aplaudir los efectos de la dictadura. ¿O no? Por cierto, mucho cuestionar la autenticidad o la antigüedad del Tió. Però ¿qué pasa si aplicamos el mismo espíritu crítico a las uvas de Noche Vieja? Preguntémonos ¿Eso de dónde viene? ¿Cuándo nace? Cuando lo averigüe el lector, seguro que no se rasgará las vestiduras ante la falta de un cuestionamiento crítico similar del fenómeno. Y no. Creo que encontrará que no nace de ningún paraiso primigenio cultural español pre-medieval. Acto seguido, y después de un electrizante repaso del mundo de las chirucas -elemento traumatizante donde los hubiera- llegamos al campo más político. Y aquí ya saca a relucir toda la artilleria tabarniana al uso con el cuestionamiento de la naturaleza de la derrota del 11 de septiembre de 1714 y la Diada. El “estudiante catalán” muestra su repulsa e indignación ante el hecho que se pretenda aducir un componente de enfrentamiento territorial en la Guerra de Sucesión, incluso llegando a decir que los insaciables doctrinarios tergiversan el nombre por “Guerra de Secesión” ( hecho que en largos años de idas y venidas sobre el episodio jamás había visto practicado por nadie de peso). A ver, si una derrota militar que resulta en la supresión de los centenarios órganos de autogobierno de un país, sus más preciadas instituciones, su hacienda, su moneda, su ejército, con la progressiva prohibición de su idioma y la aplicación de una política de severa represión, con el paso al exilio de millares de personas, si todo esto, digo, no se puede calificar de enfrentamiento territorial y algo más que una simple guerra civil, ya me dirán. Si el prestigiado y laureado escritor Albert Sánchez Piñol, autor de las dos novelas de la serie “Victus”, declaró (tras largos meses de investigación de este episodio) que cada día le había parecido más dramático el enfrentamiento, y de más calado nacional, creo que almenos merece una reflexión. Aunque sólo fuera por el heroismo mostrado en la defensa de esas instituciones, con la decisión de Barcelona de resistir hasta el final, negarle un componente de enfrentamiento nacional es absurdo, delirante. En ningún caso podemos hablar de episodio “inventado”, ni manipulado ya que, si bien no se empezó a celebrar la Diada hasta finales del siglo XIX, pocos olvidaron el profundo significado y efecto de la derrota, llegándose a describir como “fin de la nación”. Incluso fue objeto de debate y reprobación del Gobierno británico en el propio Parlamento de Westminster por parte de los whigs. ¿Cómo no iba a ser visto como un hecho de amplia repercusión nacional para Cataluña y sus moradores? No podemos hablar de episodio intranscendente porqué significó el inicio de una dinastia que nunca fue excesivamente popular en Cataluña y que dio origen a mucha terminologia de indudable significación política (los “socarrats” de Xàtiva, los “matavalons” de Arbúcies, el uso de términos como “botifler” o “Can Felip”, este último para designar el WC etc). Sin embargo, como no es de extrañar, y tal como comenta nuestro “estudiante”, es evidente que hubo traïdores y partidarios de los Borbones en Catalunya. André Malraux siempre decía que hay un elemento de “guerra civil” en toda guerra. En Cataluña hubo “botiflers” efectivamente, como en todos los paises invadidos por los Nazis en 1938-1941 hubo traïdores que juntaron sus fuerzas a las del invasor. Son los quislings de Noruega, los Mosleyites del Reino Unido, los cipayos indios, los Jüdische Gheto-Polizei de los guetos judíos o los petainistas de Francia. Y sí. Hubo catalanes que creyeron que se beneficiarían con la llegada de los borbones, que se opusieron a su propio Gobierno, la Generalitat, por intereses propios. Siempre los hay. ¿Y? Hay que ser muy recalcitrante para no ver un fuerte elemento territorial y una heroica lucha por la conservación de las instituciones propias del país en la Guerra de Sucesión. Y ya no digamos en la Guerra dels Segadors. Y sinó, ¿por qué puso tanto empeño la nueva administración borbónica en reprimir y borrar de la memoria el recuerdo de esas contiendas, llegando a sellar el Arxiu Reial, cerrar las universidades catalanas y crear los Mossos d’Esquadra para tales fines? Acto seguido, la carta-video hace un viraje hacia el campo de las consideraciones “morales”, con una condena del supuesto y tan cacareado “supremacismo” de los catalanes. Lo que les hace sentir superiores, al parecer. Que si los catalanes se consideran “trabajadores”, en contraste con los españoles; que si saliendo al extranjero se ha dado cuenta el “joven estudiante” de que no sólo en Cataluña se trabaja, etc etc. ¡Uf! ¡Cuántos descubrimientos! ¡Cuántas vueltas hay que dar para conjurar una imagen de arrepentimiento y denuncia ante el hecho que algunos catalanes se puedan sentir de esta u otra manera, o que se puedan sentir diferentes. ¿Qué? ¿Eso es pecado, sentirse diferente? Si mal no recuerdo, hasta Felipe Gonzalez dijo que notaba enseguida cuando viajaba en un vuelo a Barcelona que la gente era diferente. No es que Cataluña se haga la diferente. Es diferente. Te lo dicen los extranjeros que han vivido algun tiempo en Madrid y Barcelona. Salta a la vista. ¿Qué debe crear más turbulencia, más inquietud? ¿Que un catalán se pueda sentir diferente? ¿O que -como recordara el historiador Josep Termes- el ex-presidente español Leopoldo Calvo Sotelo haya afirmado (en un acto público celebrado en El Escorial a la mitad de los años 80) que lo que más había fortalecido la idea de España había sido “llenar Cataluña y Valencia de los nuestros”? Vaya confesión, ¿no? Porqué es evidente que, si bien al “estudiante catalán” le parezca mal sentirse diferente, el esfuerzo que ha realizado el Estado para eliminar por todos los medios esa diferencia, a lo largo de los siglos, ha sido portentoso. Sigue el texto del vídeo creando una imagen del catalán “insaciable” que, teniendo su Caixa (que ya no tenemos, por cierto), sus Mossos d’Esquadra, su RACC, sus Ferrocarriles Catalanes, se pregunta “¿qué más queremos?”. Y responde “Pues queremos, queremos y queremos”, como si los catalanes no tuvieran límite a sus pretensiones egoistas. Ciertamente, impresiona ver como a un pueblo que contribuye sistemáticamente la friolera de entre un 8 y un 10% del valor de su Producto Interior Bruto en impuestos al Estado central, sin retorno ¬hecho sin parangón en Europa- se la pueda “autocondenar” (subliminalmente, a través de la confesión de un “joven estudiante” catalán, nada menos) por egoista. Tal ramplonería provocació risa si no fuera un material tan sensible. Como hace sonreir la falsa candidez con que hacen proclamar al “joven estudiante” frases como que “la verdad no se puede ocultar siempre” o que “te vas de Erasmus a Londres y descubres que existe vida fuera de nuestro pequeño planeta catalán”. ¡Colosal! Resulta que cuando viaja este pobre “estudiante catalán”, descubre que “tambien hay trabajadores con carácter en otros territorios”. ¡Caramba! ¡Otro descubrimiento! Qué lástima que no exista ni un solo estudio para demostrar que las escuelas y las familias catalanas mantengan a los jóvenes catalanes apartados de la realidad mundial, de la cultura universal y la apertura mental hacia el mundo como aquí se nos sugiere. El “joven estudiante” incluso llega a echar en cara a sus conciudadanos, con esa carga de testoterona tan característica de los exabruptos tabarnarios, que Cataluña no es nada al lado de Shanghai, con sus 20 millones de habitantes. ¿Y? ¿O sea que lo númerico debe prevalecer para desautoritzar las realidades menores? Vayámos comunicando la buena nueva a holandeses, daneses y portugueses. Que vayan dejando las llaves en recepción, que su tiempo ha concluido ¿no? a ver qué opinan. ¡Qué relato tan maniqueo, la verdad! Ahora, con la vacuna que le permiten sus nuevos descubrimientos, ya puede librarse el estudiante al mundo tabarnario, a la dosis diaria de jarabe catalanofóbico, al insulto fácil modo Arrimadas y al negacionismo que abre la puerta a una represión franquista que nunco cesó del todo. Ahora ya lo podemos decir ¿no? Cataluña és una nación desde hace mil años. No nos estamos inventando nada. De acuerdo, no lo ha tenido nada fácil. Pero como dice una famosa frase, Cataluña siempre ha sobrevivido a sus ilusos enterradores. Hoy muchos albergan poderosas razones para pensar que no existen condiciones para su continuada presencia dentro de un estado que solo muestra hostilidad. Un estado inclemente que ha permitido que se pegara a la gente por el hecho de votar. Pensemos un instante que representa que la gente lo asuma con normalidad. Un estado que ha encarcelado a su Gobierno por haber convocado una consulta (hecho no punible en la actual legislación) mientras permite a la miembros de la Manada su libre movimiento en la calle. Un estado que ha enviado masivamente policías a Cataluña al grito de “A por ellos” sin que casi nadie hubiera protestado. Como si esto fuera Ruanda o Bosnia. Donde tampoco nadie dijo nada hasta que fue demasiado tarde. ¿No es más fuerte esto, querido “estudiante catalán”, que el origen del Tió que tanto indigna? Ciretamente, con vídeo-cartas como ésta, vemos que, hoy por hoy, hay poco lugar para la esperanza. España no puede admitir Cataluña tal como es. Esa es la dura verdad. Y esto no es de hoy, como algunos pretenden. La historia está plagada de esta realidad desde hace siglos. Con sólo repasar la historia de los diez últimos presidentes de la Generalitat -de los cuales ha habido 141 (ciento quarenta y uno)- se puede comprobar que, en España, la oposición a la realidad y voluntad catalanas es tan innata como incorregible. Porque resulta que de esos diez presidentes, siete sufrieron persecución judicial a manos del estado español. Cinco fueron encarcelados en algun momento. Cinco más conocieron el exilio. Dos fueron torturados. Uno ejecutado. Y otro fue expulsado del poder (el popularísimo Pasqual Maragall) por su propio partido (PSOE) por pedir más libertades para su país. Increiblemente, sólo uno salió indemne de su paso por la presidencia: José Montilla. Con todo, recordemos que fue él quien, sin estar de acuerdo –y tras haberse prestado a la poco ética operación de sustitución de Maragall- avisó a Madrid de que el mal trato continuado a Cataluña traería graves consecuencias. ¿Alguien le escuchó? Usar un perfil de “estudiante catalán” para decir, en modo confesionario, que el catalanismo no es más que un mito, para acabar sentenciando que “la historia no perdona los mitos” es cuando menos irónico. Mi recomendación a este “estudiante catalán”, si existiera, sería que volviese cuanto antes a los libros, a la realidad, a la calle, para tomar conciencia del odio que la existencia de Cataluña ha provocado en tantas mentes enfermas a lo largo de los siglos. Y esto sin que ninguna autoridad espanyola se haya sentido con la más mínima obligación moral de poner paz, ni mucho menos de pedir perdón, por tal deriva. Saben que les conviene, y callan. Porqué, sin duda, alguien se beneficia de la existencia de este “enemigo interior”, la fabricación del cual sería –pienso- un tema mucho más fructífero para las disquisiciones de un video-carta como el que hoy hemos comentado. Ahora bien, en lo que sí habéis acertado, creadores del vídeo-carta, es en el enunciado del titulo del inicio. El que proclamaba que “la historia no perdona los mitos”. Ciertamente. Y uno de los mitos que menos va a perdonar la historia es el que dice que el catalanismo se basa en un mito.

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