Toni Strubell i Trueta


abril 06
Arratsaldeon. Lehen eta behin eskertzten dizuet aukerra Catalunya-ko Kultugintzaren transmisioari buruz hitzegiteko gaur Arrasaten. Mila esker Kataluinari buruz begirada antolatzeagatik. Zerbait interesgarria esango dudala zuentzat espero dut. Mila esker ni gonbidatzeagatik. En el enunciado de la propuesta de conferencia que se me hace, se hace referencia a la génesis del Procés, y a una convicción que todo el acompañamiento ideológico, simbólico, no nace por generación espontánea. Efectivamente, no todo nace con Mas, como pretendería la FAES. Ni siquiera con Maragall y Carod. Aunque todos ayudaron. Hay, efectivamente, el acompañamiento de un caldo de cultivo previo que se va a reactivar para implementar la articulación de la sociedad que se adhiere a, e incluso protagoniza, al Procés. Pero antes de procedir, quizás habría que explicar la situación política que lleva al Procés. Esto nos ayudará a entender mejor porqué un brazo del proselitismo que acompaña el Procés opta, previsiblemente, por un relato basado en la simboligía, los rasgos culturales y los argumentos de tipo histórico. Mientras que no deja de ser cierto que hay otra vía, más pragmàtica, que se centra en argumentos de tipo económico que se basa en la conveniencia de la independencia desde un punto de vista esctrictamente práctico, el manejo de la plena soberanía, partiendo una supuesta neutralidad identitaria, si es que esta existe. Un claro intento de hacer atractiva la independencia para ciudadanos que no se sienten catalanes. O no lo son. Lo acontecido durante las dos legislaturas legislatives de Aznar, entre 1996 y 2004, serà decisivo para explicar la gènesis del Procés y, por descontado, la situación de hoy. Sobretodo con el cambio que se producirá entre la primera legislatura y la segunda. Un cambio que deja al desnudo el deseo previamente inconfeso de los grandes poderes del Estado por volver a una España preautonómica, preconstitucional, reinterpretando la Constitución en términos reduccionistas, nacionalistas y excluyentes. El proceso lo lidera el PP, como es sabido. Pero goza de la plena colaboración o vista gorda del PSOE y, naturalmente, con el entusiasmo incontenible del neófito Ciudadanos, partido que nace al calor de movimientos que de hecho són mucho más achacables a Maragall y Carod que a Pujol, ya retirado. La aparición de VOX simplemente será su apoteosis, sí, aunque culpar al Procés de su existencia es desconocer la ola involucionista que recorre toda Europa. Pero volvamos a Aznar. Durante la mayoría absoluta de Aznar (2000-2004) que abre el nuevo Milenio, se revelan las intenciones de un sector sociológico nostálico del Franquismo que había subyacido inerte durante los primeros 25 años de democracia constitucional. La derecha piensa ahora que ha llegado el momento de aplicar el programa de la antigua Alianza Popular, fuerza que, recordemos, nunca aceptó la Constitución ni las autonomías –por mucho que Fraga presidiera una– ni vio ninguna necesidad de arrepentirse del pasado franquista, ni mucho menos juzgarlo. Esta nueva realidad, este choque que propone Aznar y que en definitiva muestra una importante fractura con el llamado “Espiritu de la Constitución del 78”, es percibido como una fractura especialmente grave en Cataluña. Representa un choque frontal con la primera legislatura, de cara amable, conducida al amparo del Pacto del Majèstic de 1996, acordado con Pujol. Pero tambien representa un brusco retorno al pasado en Euskadi, con el portazo a las conversaciones Gobierno español-ETA de 1999, cuando Aznar hablaba –por las razones que fueran– del “Movimiento de Liberación del Pais Vasco”. A otro nivel, el choque que representa el nuevo Aznar desinhibido se hace visible en hechos como la simbólica instalación en 2001 de la bandera de Colón, la creación de la FAES al año siguiente el pacto de los Azores con Bush, producido en 2003. Se desvela una política agressiva y recentralizadora que usará la presidencia de Zapatero para aguditzar un perfil catalanofóbico y contrario al nuevo Estatut. Es la época en que Rajoy recoge 4 millones de firms litealmente “contra Catalaunya”, como se pide en la meses de campaña. Será un primer factor que hará un crecimiento del independentismo que pasa del 10% de los votos con que abre milenio al 50% creciente actual. Y que hará que las tesis independentistas triumfen no solo en Esquerra, sinó también en la antigua Convergencia mientras inicia su camaleónico y difícil cambio de mandos, estatutos y nombre. Un factor a tener en cuenta es que al independentismo lo adoptan personas y grupos con nulos antecedentes independentistas. Para Catalunya todo este proceso suposo una clara fractura, un despertar incluso traumático entre los partidos, sobretodo Convergencia. No dejaba lugar a las medias tintas. En pocos años se produjo el desencanto de buena parte de la Catalunya autonomista con el régimen del 78. Y por supuesto, la retirada del President Pujol del escenario político en este período, no es un elemento nada ajeno a lo que estaba pasando. Pujol marchaba después de 23 años de Catalunya autonómica, con sus logros sí, pero con su frustrante mantra del “hoy no toca” de música de fondo. Nunca tocó, salvo, aparentemente, cuando su corrupción afloró. Mucha casualidad. Sería un lastre importante para el Procés al que el unionismo sacó, y saca, la hiriente letanía del “3%”, como si el catalanismo no hubiera purgado a Pujol con infinidad más de rigor que el PP a la Gürtel o el PSOE a las Eres. Una vez descrito, a grandes rasgos, el nuevo escenario político que se nos presenta, volvamos al enunciado que se me pedía de desarrollar. Se me pregunta por la existencia de un caldo de cultivo del Procés y si esta obedece a una generación sistemática en un proceso histórico continuado [lucha antifranquista, 1931, guerra civil del 1936, transicion española, autonomismo]. Es evidente que el movimiento del Procés, sustentada en gran parte por una Assemblea Nacional Catalana de nuevo cuño y por un Òmnium Cultural, entidad creada en 1961, ha echado mano de un caldo de cultivo, de tipo nacionalista y simbólico, con raices centenarias, para dar impulso al Procés, dando efectividad a un discurso que llevaba largos años larvada, durmiento. Antes de entrar en materia, quizás debiera explicar, muy por encima, la naturaleza de estas dos entidades, no solo representativas del nuevo catalanismo. Si en los años 70 o 80 alguien hubiera aventurado que Omnium Cultural hubiera capitaneado un amplísimo movimiento de Derechos Civiles en el nuevo Milenio, convirtiéndose en un referente internacional de lucha por una Europa de los derechos humanos y de oposición a la estatocracia, pocos lo hubieran creido. Òmnium lo crearon en pleno franquismo unos señores nada revolucionarios, con poca relación real con el mundo de la cultura, con el ánimo de salvar y dignificar la lengua y cultura catalanas. Y lo hicieron con certámenes literarios, enseñanza del idioma y actividades estrictamente culturales de diversa índole. Incluso tuvieron que darle el nombre latín “Omnium” para burlar la censura de la época a todo lo catalán. Su máximo logro, un poco al estilo AEK, fue preparar las primeras promociones de maestros/as del idioma, naturalmente desde fuera de las instituciones franquistas. Eran actividades a veces semi-toleradas por el régimen franquista, a veces reprimidas con multas e incluso con la la proscripción de la propia entidad. Sale del franquismo, si se me permite, como una entidad algo casposa, objeto de burla por los bufones del régimen, como Albert Boadella, y dispuesto a hacer de comparsa cultural acrítico –“nosotros no hacemos política”, siempre decian sus directivos- del autonomismo pujolista. Con una media de unos 10 mil socios aproximadamente en ese período. La llegada a la dirección de la entidad de gente dinámica, como Jordi Porta, Muriel Casals y ahora Jordi Cuixart, significó su radical transformación hoy en una gran entidad dinámica –debido al Procés– con más socios, como les gusta recordar, que el propio Barça, unos 160.000. Una entidad que ha pasado del culturalismo más o menos neutral a liderar un movimento social reivindicativo capaz de suscitar el interés y la cooperación de intelectuales internacionales de primera linea y de liderar, en estos momentos, una lucha claramente polititzada. Recordemos que en el juicio de Supremo, que alguien lleve una bandera de Omnium es visto poco menos como un signo de rebelión y sedición. Esto ayuda a explicar las enormes y discriminatorios multas que le han caido a la entidad, con cualquier excusa, desde el régimen constitucional. La historia del otro gran protagonista del Procé, l’Assemblea Nacional Catalana, creada entre 2011 y 2012, en plena eclosión del Procés, es otra cosa. Abiertamente política y tambíen masivamente seguida, con una implantación territorial masiva, se halla actualmente inmerso en dinámicas complicades, destinadas a la difícil y arriesagada tarea de “corregir” la inoperancia de los partidos y del partidismo. Pero eso es otra cuestión. En todo caso estamos hablando de una entidad con decenas de miles de militantes en todos los rincones del país. Por cierto, cuando me refiero al país, casi todo lo que diga hoy se refiere al Principat de Catalunya, no al conjunto de Paisos Catalans. Bien, y ¿cual ha sido el trasfondo simbólico y la linea discursiva que han alimentado a estas dos entidades, casi por igual diria, durante el Procés? Como he sugerido antes, creo que ha habido un equilibrio entre la necesidad de construir un relato no identitario –cosa que quizás pueda extrañar vista desde Euskal Herria– con un relato basado en los beneficios prácticos para la ciutadania del estado propio. Este último relato construido sin perjuicio de sus lealtades identitarias, y de forma algo contradictoria, con la recreación del simbolismo soberanista tradicional, muy visible en las masivas mobilizaciones que han convocado ambas entidades, de todos conocidas. De las cuales sin duda habría que hablar. Pero antes hemos hablado de otro discurso, el basado en los beneficios para todos y alejado del relato nacionalista clásico. En este aspecto, habría que hablar de la aparición de dos entidades principales muy centradas en el discurso práctico y económico. En primer lugar la Fundació Catalunya, famosa –quizás recordaréis- por la gran pancarta antomonárquica que desde su sede presidió la Plaça Catalunya en la ceremonia de homenaje a las víctimas del nunca aclarado atentado yihadista del 17 de agosto de 2017. Y en segundo lugar, el Centre Català de Negocis, ambas centradas en la denuncia del espolio fiscal, la dejadez para con las infrestructuras públicas y el incumplimiento presupuestario y la cuestión económica. Con el apoyo de un sector nada menospreciable del empresariado, hicieron –y siguen haciendo hoy– un proselitismo muy activo en todo el país para explicar los beneficios del estado propio y la necesidad de romper con el marco económico español. Un hecho clave, demasaidas veces olvidado, para explicar el papel estelar que jujó y juega está temática en el Procés, se produjo en 2007. En plena crisis estatutaria. Fue el colapso de las infraestructuras en Catalunya. Fue espectacular. Y no siempre se tiene en cuenta. De acuerdo, la sentencia del Estatut de 2010 fue clave. Pero tras la defenestración de Maragall, considero que fue este incidente de 2007 una de las circumstancias que más autonomistas arrojó en brazos del independentismo al inicio del Procés, cambiando radicalmente el cuadro de dirección del PSC. El colapso de las infraestructures afectó de lleno al sistema ferroviario y energético del centro de Catalunya. Y no durante horas ni días, sinó durante largas semanas. El país estuvo sin ferrocarriles y sin luz. Venía a corraborar esa percepción transversal de que, en inversiones y infraestructuras, Catalunya estaba dejada de la mano de Diós. Acabó de dar una sensación de degradación total la aparición en las ciudades de grandes camiones-generador, muchos traidos de Holanda, cuyos motores diesel dejaron un aire irrespirable en las calles durante meses. Era tercermundista. Y dejaría una huella inborrable. Otra consecuencia más tardía de esta campaña de tipo económico, pero también moral, se produciría con la incalificable fuga de empresas de Catalunya, en una campaña orquestrada por Felip de Borbón, entorno al 1 de octubre. El resultado fue que miles de familias catalanas fueron tomando conciencia de la realidad, alterando muchas de elles sus hábitos de consumo, sobretodo en los últimos tiempos. Se han cambiado de banco, de compañía de electricidad y gas, de cadena de supermercados, de servidor de internet. Empresas como la Caixa d’Enginyers, Som Energia o Bon Preu Esclat, por ejemplo,se han nutrido masivamente de nuevos clientes mientras que empresas tradicionalmente vistas como “catalanas”, como la Caixa o Banco de Sabadell, son cada vez más vistos como empresas ajenas a los intereses de Catalunya. Y todo esto forma parte de una revolución de la información que existe en Cataluña, como existe en todo el mundo. Una revolución que permite importantes, imparables vías para la información de la gente, para la creación de opinión público, incluso de la mobilización de la gente. El famoso picar piedra del proselitismo catalanista de los difíciles años 70 y 80 se han convertido en la generalización digital de la información de hoy. Asemejando mucho más a la Euskal Herria de los años 70 y 80, donde, a pesar de no existir las redes sociales, la existencia de periódicos del sector y el muy eficaç boca a boca social, permitía la diseminación de datos y consignas. No así en Catalunya entonces. Sin embargo, no es de esto que se me ha pedido que hablara yo hoy principalmente, sino de substrato, de la evolución y uso del imaginario colectivo durante el Procés. Pero creo que era necesario hablar de los dos principales relatos y entidades que han nutrido, hasta hoy, el Procés. El práctico y el ideológico o más simbólico. Volvamos pues al enunciado de los que se me pedía. Se me pedía que hablara, y leo, de “una práctica lingüístico-cultural que se ha fraguado y curtido en contextos socio-políticos adversos, pero donde la continuidad y las constantes identitarias han conformado el "humus" necesario para sostener/mantener/impulsar la nación catalana y entender la matriz de la situación actual.” Efectivamente el Procés ha significado la eclosión de ese sustrato, digamos, “nacionalista”. En esto tenemos que hablar del contenido y del continente, claro està. ¿Cómo se transmite, como se divulga una simbologia, un mensaje largos años enquilosado por un autonomismo acomodaticio? Hablamos de mensaje y símbolos primero. Luego de medios para transmitirlo en el mundo moderno en que la represión y el mensaje de Estado tambien han reforzado su contenido y su expresión. Hablemos, pues, de símbolos. La estelada, por ejemplo, ha conocido una explosión inusitada, siendo el máximo símbolo, sin duda del Procés, almenos hasta la aparición del lazo amarillo. Por eso he hablado antes de elementos un tanto “contradictorios” en la preparación del relato del Procés. Si bien por una parte se ha querido insistir en los argumentos de tipo práctico, desprovisto de toda carga nacionalista, sin embargo el máximo simbolo del Procés, es y ha sido la estelada. A efectos prácticos, esto ha servido, en parte, para confrontar uno de los más absurdos argumentos del unionismo, según el cual todo el Procés “nacía de Mas”. O peor, de Pujol. Unos dirigentes, por otro lado, cuya cultura política, en origen al menos, realmente poco tenía que ver con el mundo de la estelada, salvo, quizás en su uso por las juventudes de Convergencia. Este símbolo era muy minoritariamente usada por los reducidos grupos independentistas durante la transición y el periodo autonomista de Pujol. Mientras en Euskadi la ikurriña y las imágenes de los gudaris enarbolándola en el frente decoraban hasta las tapas de los discos del rock radical vasco, las imágenes de estelades en el frente de Aragón o en los masivos desfiles bélicos de la Barcelonade los años 30, parecían selectivamente ocultadas al gran público. La estelada, en todo caso, se asociaba en los medios que hoy calificaríamos de “unionistas”, al grupo armado Terra Lliure, a la violencia de ciertos 11 de septiembre –con su infantil costumbre de hacer “scratch” en el MacDonalds de la Rambla de Barcelona- ganándole la antipatía de muchos ciudadanos. En cambio hoy la estelada es un símbolo tan masivamente asumido por los soberanistas que su venta es el gran negocio de los bazares chinos. Otra cosa es que la adopción de otro símbolo hubiera servido mejor al Procés para superar la animadversación natural de una parte de la población. O su simbolismo abiertamente nacionalista. Queda para el debate. En todo caso, quisiera incidir, brevemente, en la actitud ante la cuestión de los símbolos, por parte de la asociación Súmate, creada durante el Procés para dirigirse, precisamente, a la imigración española en Catalunya. Esta entidad, que siempre ha jugado un papel algo secundario a ANC y Omnium, optó desde su creación en 2013 por dar un perfil muy bajo, inexistente diria, a la simbologia nacional. Asumió un papel que se le dió, pienso, de entidad destinada a acompañar al Procés desde una posición algo discreta. Asumía ese discurso de normalidad, o naturalidad, que se le daba a la integración del inmigrante español en Catalunya. Sin estridencias. Sin un explicitez que quizás hubiera sido más intel·ligible, aunque fuera desde la inteligencia emocional, para muchos inmigrantes españoles. “Los otros catalanes”, que decía el máximo exponente de su defensa, el autor Paco Candel. Una integración basada en un proceso pretendidamente natural. Pero con el control governamental español, –incluso la promoción- de todo el proceso de la inmigración, poco tenia de natural. Creo que no siempre se ha compredido el tipo y tono de lenguaje que hacía falta para darle un nuevo cauce. Personalmente, y si se me permite una observación, creo que se hubiera tenido que dar un paso más. Los mensajes del siempre difícil terreno identitario, no por dificiles, dejan de ser provechosos, integradores, e insisto, sobretodo necesarios. Me refiero a la perspectiva y el nivel emocional y intel·lectual de quien va dirigido el mensaje. Si, por ejemplo, analizamos el gran acto por la Llibertat, organizado por Omnium en el Camp Nou el 29.6.2013, aparte de un momento de flamenco y unas frases en castellano, casi no se hizo ninguna concesión a las identidades y entidades de la inmigración. Y no se hizo, insisto, por las más nobles de las razones. No por discriminar, sinó por intentar darle “naturalidad”. Con este síndrome, considero que se perdió una ocasión de oro parae llegar a un radio más amplio de la antigua inmigración española, la de más sensibilidad y raices regionales, ante la previsible avalancha mediatica y catalanofóbica que se abalanzaría sobre el Procés. Quizás se hubiera evitado, por ejemplo, que muchos se convirtieran en votantes del catalanofóbico Ciudadanos. Quizásalguno diga que era mejor no “meneallo” al tema este. Quien si lo meneó, sin embargo, desde el bando unionista, que la entidad espanyolista Sociedad Civil Catalana. Mostrando más valentia en este terreno, acudiendo a la Feria de Abril catalano-andaluza de 2014, con decenas de miles de dípticos a todo color proclamando con desfachatez que el gran García Lorca se hubiera opuesto al Procés. Lamentablemente, no había nadie para recordarles que Lorca se había definido a si mismo más de una vez como “furibundo catalanista”. La no explicitez regionalista, la apelación a unos origenes del nuevo catalán, no contradictorios con el nuevo proyecto, pudo haber sido –a mi entender– uno de los pocos errores no forzados en que cayera la dirección del Procés. Pero vayamos a aspectos más positivos del Procés y su uso del famoso substrato. La gestión del mismo a qué hace referencia el enunciado. De esa “configuración cultural que ha existido a lo largo de décadas para entender la situación actual”, como me pedís. Vayamos, pues, con un tema bien sugerente, el de los lazos amarillos. Creo que será ilustrativo. Es quizás el elemento que más descoloca al unionismo. Le saca de quicio. Lo cierto es que el símbolo de los lazos enlaza perfectamente con la historia, dato que no todos conocen. Tienen un antecedente claro en los años posteriores a 1714 y el fin de la Guerra de Sucesión, con la llegada de los borbones, hecho funesto para las instituciones nacionales de los países catalanes. El régimen borbónico de Felipe V mandaba detenir y ahorcar a todo el que llevara un lazo amarillo en el sombrero, en señal de oposición a la anexión del país. Hecho documentado en muchos casos. Más allà del elemento de los lazos, hoy símbolo y color antirepresivo a nivel planetario, los paralelismos históricos con la situación actual, de un lado y otro, son constantes en el tiempo, por lo menos de tiempos del franquismo. No nos inventamos nada ahora: la posición nacional-católica del unionismo, y no solo el más integrista, el mantra del antiseparatismo transversal, la consideración del hecho “tumultuoso”, el paraguas franquista que –veladamente o no– une a todo el unionismo. Quizás a alguien este último apunte pueda parecerle injusto. Yo creo que no. Para evidenciar-lo, basta con basarnos en el perfil de la presidencia actual y otros cargos de la entidad Sociedad Civil Catalana, mencionada antes, en la actuación parlamentaria de Ciudadanos, en las declaraciones de ministros socialistas como Borrell o Bono o en la presencia de Iceta en mobilizaciones donde ha estado presente VOX, haciéndose selfis con dirigentes del PP. No que que rasgar mucho la superfície para que emerja el franquismo sociológico, o lo que es lo mismo, su tolerància hacia él. Una tolerancia que tiene sus inquietantes paralismos en el campo internacional cuando vemos a Junker relativizar la importancia de los derechos humanos o a Tajani viendo aspectos positivos en Musolini. En el aspecto de la memoria histórica antifranquista la sociedad catalana se la mostrado casi granítica, dejando para el extraterrestre Manuel Valls y el PP esta nebulosa tolerancia hacia el franquismo en casos como la reivindicación de la olímpica, pero franquista figura de Juan Antonio Samaranch. Podemos constatar la evolución ideológica de las fuerzas que acompañan al Procés en el hecho que Convergencia no tuviera ningún reparo en ensalzar Samaranch en 1992 mientras que hoy Junts per Catalunya lo repudia. Para ir acabando, y antes de aventurar unas conclusiones a la espera de vuestras preguntas, se me ocurre que la mejor manera de responder al tema que me ha encomendado, sobre la pervivencia del relato nacionalista en el tiempo, sería considerar como le ha ido a los últimos diez presidentes de la Generalitat de Catalunya, desde el último de la serie histórica, Casanova, hasta Torra hoy. He hecho el cálculo. Hay que decir que ocho han sido perseguidos por la ley española, uno ejecutado, cuatro exiliados, tres encarcelados, dos suspendidos, dos torturados y uno apartado por su propio partido por “catalanista” y excessos estatutarios. Solo uno salió ileso. La respuesta ante tanto atropello y anormalidad ha sido desigual, según la presión represora de cada momento. Lo cierto es que la literatura, la música, la inventiva popular siempre han estado a la altura de reflejar la denuncia de una situación que el tiempo está demostrando que es insospentible, mientras parece que la sociedad, desde ópticas diferentes, busca soluciones definitivas para acabar con tanta anormalidad. Conclusión Tenga el resultado que tenga el Procés a medio plazo, y visto la evolución hasta hoy, dos conclusiones podemos ir avanzando. La primera es que nunca el catalanismo político independentista había llegado tan lejos en sus planteamientos. Y la segunda, que el Procés ha dado un vuelco total al concepto de relación con España que ha habido hasta ahora en una parte importante de la población catalana. Un vuelco que, acierten unos u otros en sus estrategias, tiene visos de permanencia. No estamos ante un mero episodio de los que definía el president Montilla como “desafección”, más o menos pasajera, de los que ha habido numerosos casos a lo largo de la historia. Y esto puede ser así porqué el Estado español no tiene los resortes ideológicos, materiales y morales para reconducir una situación en que ha optado enteramente por la represión, la criminalización del adversario, la negación de derechos y la via de la judicialización del hecho nacional, esta última como la describe Rodriguez-Amat, con la sacralización de una Constitución con la cual el 70-80% de catalanes no comulga, en diferente grado, según las encuestas, sean independentistas o no. Además la crisis catalana ha cogido a contrapié a España en una Europa en que, con la globalización y la pérdida de soberanía por parte de los estados-nación que la componen, ha llegado tarde, por lo que hace a Catalunya, en su empeño de transformarse en estado cultural, como pronosticaba Marc Fumaroli y claramente persigue la FAES. El intento por parte de España de revalorizar al máximo las competencias que aun controla: ciutadania, llengua, patrimonio, fiestas “nacionales” llega demasiado tarde con una Catalunya muy consolidada, si no en cuanto a estucturas paraestatales, si a nivel de conciencia de una parte importante de su población. Y lo digo sin queder ocultar que hay graves dificultades en el frente lingüístico, tradicionalment desatendido por los políticos catalanistas. Este marco más global de fricciones, pues, hay que verlo como el telón de fondo de una crisis entre Catalunya y España que, con muchos condicionantes y razones añadidas, explotó con el nuevo milenio y busca ahora una salida que dista de ser de fàcil pronóstico. No serà fa´cil para el independentismo. Pero tampoco lo es para un Estado que pretende dar un portazo definitivo al caso catalán, con la contundencia con la que se dio tras la Guerra de los Segadors en 1659, en 1714, 1875, 1935 o 1939, sin tener en cuenta que estamos en 2019, en un marco más o menos democrático en que, incluso a Erdogan, la vía represiva, pura y dura, puede dar unos resultados del todo inesperados. Europa, por muy estatocéntrica que sea, y pro-Madrid en las formas, todavía no ha dicho la última palabra. Incluso el ministro Borrell admite que esta perdiendo la batalla internacional. ¿Quién hubiera sospechado hace pocos meses, que 41 senadores de un país tan estatocéntrico como Francia denunciarían, como hicieron el pasado día 23, los abusos a los derechos en Catalunya, pidiendo la libertad de los presos políticos? España dice ser una democracia formal con su correspondiente Estado de Derecho, pero algun día tendrá que avalar la política de represión y la supresión de Derechos Fundamentales que han aplicado, ante la mirada del Tribunal de Estrasburgo y la ONU.

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