Toni Strubell i Trueta


setembre 11
Què deu tenir Kosovë?
Canvi 16
Dimarts, 11.9.2007. 02:52 h| Sense comentaris
Amb tots els respectes envers Kosovë, no acabo d’entendre què tindrà aquest territori de l’Ex Iugoslavia que no tinguem nosaltres els catalans. L’ONU acaba de concedir-li un status de “sobirania vigilada” dins el territori de l’Estat serbi, pas que molt observadors han vist com una mena de passadera cap a la independència. Falta saber si l’ONU els ho ha concedit perquè hi ha vist una majoria albanesa; perquè hi ha hagut problemes de violència; perquè els seus habitants ho volen? Aviam, a mi em sembla molt bé que es tingui aquesta cura respecte als problemes ètnics i territorials dels kosovars, només faltaria, però ¿i els que tenim situacions no tan diferents dins l’Estat espanyol? O els que som víctimes d’estats tinguts per més “democràtics”, i segurament molt més considerats pel G7 o el Banc Mundial? Francament, jo crec que tenim força coses en comú amb Kosovë. Aviam sinó les reaccions politiques espanyoles cada vegada que intentem recuperar llibertats nacionals al darrers tres-cents anys? Als més oblidadissos, els recordo l’espantosa campanya contra Catalunya i l’Estatut conduïda pel PP al període 2005-06, boicot als productes catalans inclòs. Això no aixeca una cella enlloc d’Europa? No ens imposen una hora més de castellà menyspreant olímpicament la nostra autonomia educativa i el fet que sigui el català l’idioma esllanguit i somort a l’àrea metropolitana de BCN? A més, no retallen mortalment els mitjans de comunicació en català (desconnexió de TVE, Ràdio 4) mentre es permet que la COPE vomiti –això sí “libremente” – tot l’odi que pot 24h al dia contra nosaltres? Quina convivència, quin règim vital és aquest per als catalans? Que no veuen que ràdios  molt semblants que emetien (i encara emeten) des de Belgrad són les grans creadores d’odi i provocadores de la violència i la intolerància als Balcans? Què més caldrà que passi perquè algun expert de l’ONU vegi traces de genocidi en el nostre cas?
 
Tot plegat, el fet lamentable és que l’únic llenguatge que s’imposa en el món en què ens movem  –i l’ONU no hi és cap excepció– és el de la violència. Segurament Kosovë serà independent com a premi per haver estat agredit per un estat desacreditat i per les conveniències de l’ONU. Aquest organisme és un líder a l’hora de solucionar tard, i de qualsevol manera, els conflictes, amb una curiosa i hipòcrita visió eticopolítica. El que a Kosovë són fets censurables i justifiquen la concessió d’un règim de “sobirania vigilada” –per major alegria dels kosovars, i també meu– al respectabilíssim Estat espanyol no són tinguts per raons d’estat; o simplement, perquè passen desapercebuts. Oficialment no existeixen. Perquè, ¿algú ha vist mai un Informe Semanal sobre les penúries que passa la llengua catalana per sobreviure? Jo no. És clar que la Iugoslàvia de 1990 és un exemple magnífic de cas que va passar desapercebut. Després, quan esclata, tots es porten les mans la cap. Esperem que l’acceptació (fa dues setmanes) del Tribunal d’Estrasburg de la primera demanda per una afusellament d’un ciutadà català per Franco –Eugeni Gurnés, ex alcalde de Llagostera– sigui el primer pas cap a una autèntica transició democràtica a Catalunya i a l’Estat espanyol. Ja era hora.



maig 10
Sóc ciutadà del Fènix
Canvi 16
Dijous, 10.5.2007. 02:45 h| Sense comentaris
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gener 05




abril 20
Castilla y Cataluña, una relación oculta (en castellà)
Pàgina web Izquierda Castellana | Enllaç web
Dimecres, 20.4.2005. 12:03 h| Sense comentaris
Hoy, treinta años después de la muerte de Franco, se vuelve a hablar de la configuración del Estado español y del papel de las autonomías. Temas como la financiación autonómica, el proceso de paz vasco, la renovación de los estatutos, los Papeles de Salamanca son, de nuevo, el centro de interés de los medios de comunicación. Este artículo trata de algunos aspectos menos conocidos de la manera en que se han ido perfilando las relaciones entre dos de las naciones del Estado que más claramente han pretendido ejercer un liderazgo en él: Castilla y Cataluña. ¿Cómo se han visto la una a la otra a lo largo de los dos últimos siglos? ¿Ha sido siempre una mala relación? ¿Es ley de vida que se comporten como gallos que se disputan un corral?   Bases para un entendimiento   Mucha gente puede pensar que la relación entre Castilla y Cataluña ha sido siempre de enfrentamiento y punto. Pero las cosas no siempre han sido así. Un vistazo al siglo XIX “por ejemplo“ muestra que hubo momentos de entendimiento y solidaridad en que castellanos y catalanes tuvieron más en común de lo que a menudo se piensa. Pese al contraste que había entre la Castilla agrícola y la Cataluña cada vez más industrializada, lo cierto es que durante años esta divergencia sirvió más de complemento que de factor de confrontación. Las dos naciones tenían que producir y vender sus mercancías “trigo y tejidos respectivamente“ y esto hizo compartir un interés en la política proteccionista. Se oponían juntas a la práctica del librecambismo, nociva para cualquier economía productiva de la Europa del momento. Cerealistas castellanos y fabricantes catalanes estaban unidos por el interés que tenían que el Gobierno español aplicara aranceles a las importaciones que les pudieran hacer la competencia. Incluso en un tiempo hubo en común una tendencia a tener una misma visión de Madrid y sus habitantes como detentores de un poder capaz de favorecer o hundir sus intereses. ¿Qué importa a un madrileño el sol que asoma, decía un texto de la Liga de Contribuyentes de Salamanca del año 1883 el vendaval que cruje, ni la tormenta que arrecia, sino es cuanto le prive de asistir a la Castellana? Paralelamente los diputados catalanes en las Cortes a menudo eran alabados en la prensa de la meseta norte como modelos de patriotismo proteccionista: ¡Aprended, diputados de Castilla proclamaba la Revista Mercantil de Valladolid en marzo de 1885 ¡Aprended a ser patriotas, aprended a ser enérgicos defensores de los fueros y los intereses (castellanos) ... en los representantes de Cataluña!.   Pero tampoco sería el proteccionismo lo único que uniría a castellanos y catalanes en el siglo XIX. Aunque hoy sea un hecho poco conocido, pero no por ello menos significativo, cuando los liberales y primeros republicanos catalanes se opusieron a Fernando VII, los comuneros de Castilla se convirtieron en un referente ideológico central. Ellos se habían opuesto al déspota y extranjero Carlos V, y su rebeldía, largos años olvidada o anatemizada, empezó a ser vista como símbolo de resistencia cívica, republicana y democrática. No es casualidad que el intelectual Pere Coromines, amigo de Unamuno, escribiera en la introducción de su libro Por Castilla adentro (1930), la siguiente observación: La nación ibérica que primero se rebeló contra la uniformidad fue Castilla. Era un elogio. Cincuenta años antes, el médico ideólogo e historiador barcelonés, Josep Roca i Ferreras, había sido de los primeros en recordarlo. Así, en el año 1890, evocó en varios artículos que había sido en la tercera década de aquel siglo que en Cataluña se habían fundado sociedades de Comuneros y de Torrijas y de Padilla y que en el barrio barcelonés de Gracia se había bautizado una calle con el nombre de Padilla.   La Cataluña comunera   Los republicanos catalanes de la época evocaban un clima de solidaridad y comprensión entre Castilla y Cataluña, sin por ello rebajar las pretensiones identitarias del Principado. En concreto, Roca recordaba como, con el deseo de evitar estériles enfrentamientos entre pueblos, los primeros manifestantes republicanos catalanes habían llevado cintas moradas castellanas en las barretinas como símbolo solidario y rebelde. En un periodo en que los modelos propios Claris, Rafael de Casanova, Fiveller todavía no habían sido popularizados por los historiadores del movimiento de la Renaixença, los progresistas catalanes ya se consideraban de alguna manera hijos de Padilla. Curiosamente, la derrota de Villalar donde Carlos V decapitó el movimiento comunero el año 1521 era más recordada por el común de los catalanes que la padecida el año 1714 a manos de Felipe V, que pocos años después se erguiría en verdadero icono del catalanismo.   En el 369º aniversario de Villalar, Josep Roca publicó un artículo en la primera plana de La Publicidad, importante diario barcelonés del momento, en que consideraba un deber moral muy grato recordar a los comuneros. Consideraba Villalar un hito sagrado para todos los liberales adelantados. En el artículo ironizó sobre el hecho de que el año 1823, los reaccionarios absolutistas de Zamora hubiesen lanzado al Duero una urna que creían contenía las cenizas de los líderes comuneros, cuando en realidad estaba vacía. Roca insistía que tanto las comunidades castellanas como la causa catalana habían padecido tres siglos del mismo anatema, cosa que según él las hermanaba a través del tiempo. Más adelante, cuando surgen las primeras acusaciones de separatismo contra los catalanes, Roca introducirá una nueva y curiosa reflexión sobre un aspecto menos conocido de la historia castellana. En el artículo Castilla separatista, por ejemplo, evocaría el hecho de que en el siglo XI, Castilla también era un condado como Cataluña y que había tenido que luchar por su independencia respecto a León. Era un paralelismo buscado con cierta picardía y que seguramente no les habría hecho ninguna gracia a algunos castellanos de su tiempo. Pero nunca fue su propósito enfrentar, sino, en todo caso, ironizar sobre un hecho, otro más que unía a castellanos y catalanes a través del tiempo.   La cosa se empieza a torcer   Con estos prometedores elementos en común, ¿qué fue, pues, lo que de nuevo enfrentaría a castellanos y catalanes? Con episodios polémicos como el Compromiso de Caspe o la derrota de 1714 todavía apartados de la conciencia reivindicativa de muchos catalanes, el último tercio de siglo XIX vio aparecer dos elementos básicos en la promoción activa de su rivalidad: por una parte, el nacimiento del primer catalanismo claramente político; y, por otra parte, la evolución del choque entre proteccionistas y librecambistas, centrados estos sobre todo en influyentes sectores próximos a la Bolsa de Madrid. Con el tiempo, y con la estimable ayuda de los medios, este lobby conseguiría arrastrar a toda la meseta norte a una viva precaución ante lo catalán. Sin embargo, lo que resultaría ser un cóctel especialmente potente de enfrentamiento sería la proyección mediática de la percepción conjunta de ambos elementos: intereses proteccionistas y catalanismo político.   Contrariamente a lo que se pudiera pensar, el renacimiento cultural catalán, por si solo, no había creado, inicialmente al menos, demasiado recelo en Castilla. Ni siquiera en Madrid. En diferentes ámbitos castellanos incluso fue visto, en cierto modo, como una gloria propia, cosa que cobra credibilidad si se considera que no pocas de las primeras obras de la Renaixenç eran bastante españolistas. Así el gran crítico castellano, Marcelino Menéndez Pelayo, escribió de Jacinto Verdaguer el 2 de julio de 1879: lo considero el primero de los actuales poetas de nuestra Península. La misma reina Isabel II buscaba la compañía del poeta catalán hasta el punto de hacer gestiones infructuosas por convertirlo en su confesor de cámara. La consideración castellana por Verdaguer nos puede parecer extraña si tenemos en cuenta que el poeta ya escribía poesías patrióticas catalanas, como las que recogería en 1888 en su libro Pàtria. Lo cierto es que el resurgimiento cultural catalán no espantaba y todavía sería descrito, en 1902, como un inofensivo renacimiento literario, en palabras de J. Sánchez Guerra. Una opinión paternalista, quizás, pero no hostil.   La inicial reacción anticatalana de Madrid después generalizada en toda Castilla y gran parte de España- se dispararía a partir del año 1886, año clave en la génesis del catalanismo político. Uno de los hechos que lo provocó fue el llamado Mitin del Novedades, celebrado en el teatro barcelonés del mismo nombre el 25 de julio de 1886. El acto pretendía denunciar los tratados de preferencia comercial “los modus vivendi“que se habían firmado con Francia e Inglaterra, y que significaban una considerable amenaza para las posibilidades de la industria catalana. Fue el momento en que se daría un sentido claramente catalanista a la protesta. Uno de los culpables que esto pasara fue el propio Josep Roca, al que, enfermo en casa, se le había requerido la redacción de un mensaje para su lectura en el acto. Más que incidir en el problema del proteccionismo en sí, Roca aprovecharía la ocasión que se le brindaba para explicitar su catalanismo político. Su opinión era que los problemas catalanes no se solucionarían con más o menos aranceles, ni con una política más proteccionista, sino con la recuperación de las libertades nacionales catalanas perdidas en 1715. Aunque fuera un discurso fuera de guión, los ensordecedores aplausos que arrancó esta idea entre el muy numeroso público, según todas las crónicas, no dejan lugar a dudas sobre su aceptación. Como era de esperar, la prensa de Madrid mostró su más honda indignación ante el hecho. La Vanguardia misma, que nunca fue un periódico catalanista, reprobó el discurso de Roca por sus ideas separatistas. La politización de la relación Castilla-Cataluña, pues, estaba servida a partir de este momento. Y, curiosamente, uno de los ideólogos más respetuosos y partidarios de mantener buenas relaciones con Castilla “Josep Roca y Ferreras“ había contribuido a ello, malgré lui. Como ya se sabe, la cosa no acabaría allí. El evento, junto con otros muchos acontecimientos, abriría una dinámica de reacciones en cadena. En noviembre de ese año, Gaspar Núñez de Arce “poeta de Valladolid“ hizo un discurso muy hostil hacia Cataluña en el Ateneo Madrileño que él presidía. Sus palabras, a su vez, levantaron la indignación de muchos catalanes. El mismo Roca respondió a Núñez de Arce con un artículo titulado ¿Quién se ha hecho enemigo de quien en que argumentaba que el programa catalanista se llevaba a cabo desde un espíritu de reconciliación, no con ánimo de enfrentamiento. Si por parte de la España castellana no se quiere la libertad regional y no se dan por concluidos la hostilidad y el desamor, la culpa será suya, nosotros nos lavamos las manos. A pesar del gradual enrarecimiento del clima, las palabras de Roca, justas o no, eran sinceras.   Efectivamente, el ambiente se había envenenado mucho en poco tiempo y por entonces la imagen que en Castilla se estaba generando de Cataluña era la de una región insolidaria que sólo era leal cuando se protegían sus intereses. Sería entonces que se introduciría el término problema catalán para referirse a lo que estaba aconteciendo. Para dar una idea de la magnitud que había cogido el enfrentamiento, baste con decir que un medio madrileño de este momento describió Cataluña como una yedra separatista, enroscada en el árbol de España, un parásito que era preciso de cortar porque no prospere a expensas de la sabia nacional. A partir de este momento, pues, todo acto político específicamente catalán “el Mensaje a la Reina Regente (1888), la campaña por el Derecho catalán (1889), la fundación de la Lliga Regionalista (1901) o la creación de la Solidaridad Catalana (1907) “ sería tratado por la prensa española como una amenaza para la unidad nacional. La imagen de Cataluña no se proyectaba como la de un gallo que simplemente incomodaba la hegemonía castellana “según cómo, más simbólica que real “ sino como la de un gallo egoísta que pretendía hacer corral aparte cuando las cosas peor iban.   Más se perdió en Cuba   Pero quizás el episodio que más alborotaría el gallinero, dinamitando las relaciones entre castellanos y catalanes, fue la pérdida de Cuba. La reacción de gran parte de la opinión pública catalana fue la de atribuir aquella derrota “que para muchos comerciantes catalanes significaba la ruina “ a la ineficacia del Gobierno español. Estas acusaciones a su vez levantarían la indignación de los medios castellanos que habían visto en los catalanes un escaso interés por mojarse en la defensa de la preciada isla. Recordarían, no sin odio, que en plena guerra, los líderes catalanistas “como Prat de la Riba“ se habían declarado pacifistas o, peor, simpatizantes del autonomismo cubano. Esto era como alta traición, y un peligroso aviso que, según como, Cataluña podía seguir Cuba en el camino hacia la disgregación. La creación en 1901 del primer partido político catalán, la Lliga Regionalista “provocada por la largamente gestada pérdida de confianza de la clase media catalana en los partidos dinásticos- aumentaría la sensación de desafío.   También agravaría la crisis, según Ricardo Robledo “agudo estudioso de las relaciones castellanocatalanas“ la nueva competencia económica provocada por la pérdida de Cuba: Castilla y Cataluña quedaron la una enfrente de la otra con el único mercado interior. El trigo castellano y los tejidos catalanes ya no tenían en Cuba un mercado dócil. Y cuando los comerciantes de harina periféricos tuvieron la opción de comprar trigo francés cuatro reales y medio más barato que el de Salamanca, la ley del mercado enseñaría su cara más fea. Sería el momento en qué las provincias castellanas ya no tendrán un papel secundario en el enfrentamiento con Cataluña “detrás de“ sino que pasarían a tener un papel destacado en él. Hasta entonces Madrid había sido, según Robledo, la catapulta castellana del uniformismo contra las desviaciones de la periferia. Ahora, cada vez más, toda Castilla percibirá Cataluña como el enemigo a batir. Un grupo que asumirá un gran protagonismo en este frente anticatalanista será el de los cerealistas de Valladolid. Con su diario-portavoz El Norte de Castilla, pasarán a ser el azote del catalanismo y los privilegios odiosos que decían que disfrutaba. A partir de ahora, los catalanes de la gran industria y los vizcaínos del hierro “y no Madrid“ serían identificados como los responsables de la progresiva ruina de los campesinos castellanos. Como predicaría años después Ortega y Gasset, que lo recomendaba como modelo, se había conseguido que Madrid quedara relativamente al margen mientras las provincias se las tenían entre si.   Pero la pérdida de Cuba todavía tendría consecuencias más graves en la degradación de la relación entre castellanos y catalanes. Con la herida de la última colonia perdida, los intelectuales castellanos, y, con ellos, no pocos periféricos (como Azorín y Unamuno) hicieron piña alrededor del gallo herido de Castilla. En un momento de emergencia nacional, Castilla tenía que ser, una vez más, el referente y factor aglutinante de España. El movimiento que después se conocería con el nombre de Generación del 98 tenía claro que lo que había que reforzar era la identidad española en base al hecho castellano. Por el momento que se estaba viviendo, y por un proceso de renacimiento nacional muy parecido al que en estos mismos momentos estaba tomando lugar en muchos países de Europa (Irlanda, Bohemia, Grecia...), la mayoría de los intelectuales catalanes no compartiría esta dinámica. Con el indudable proceso de emancipación cultural que había significado el periodo del Modernismo en Cataluña, pocos eran los que se sentían seducidos por el discurso de Unamuno, Maeztu, Ganivet y Azorín. El sentimiento que en general predominó entre los intelectuales catalanes fue el que el moderado Joan Maragall expresaría en una oda que acababa Adéu Espanya. Ciertamente los modelos de país a qué respondían castellanistas y catalanistas no podían ser más diferentes. Robledo lo describe así: Castilla y Cataluña quedaban enfrentadas en un diálogo cada vez más enrarecido a medida que revivían viejas glorias: mientras los unos desenterraban Roger de Llúria, los otros abrían el sepulcro del Cid... La historia nunca ha sido más ideología que entonces. El resultado sería, como era de prever, la apertura de una zanja entre dos naciones que hacía poco se admiraban. El gallo de Castilla, en su momento más trágico, no entendería como el protegido gallo catalán no hacía piña con el resto del corral. Le era incomprensible que en plena emergencia nacional los catalanes pudieran estar reivindicando cosas tan absurdas como la oficialidad de su dialecto, instituciones propias y el Derecho civil propio.Muchos intelectuales castellanos lo verían como una deriva artificial, incluso viciosa, que, a la larga, tendría que corregir alguien. Así, no fueron pocos los que aplaudirían cuando, veinte anos después, Primo de Rivera, capital general de Cataluña, inició un proceso represivo que, con el apoyo de Hitler y Musolini, remataría Franco con su cruzada nacional. Como dijo Jiménez Caballero en el año 1946: el genio de Castilla (fundado por Dios, unitario, perenne...) triunfó el 18 de julio del 36 porque triunfaba en Europa la idea de unificación. El choque entre los que no admitían una Cataluña libre y los que sí la querían abría una larga trayectoria de altibajos.   Un antes y un después   Este artículo se ha centrado en un período concreto de la historia que ofrece una visión particular de la relación entre castellanos y catalanes. Con sus momentos más y menos positivos. Pero no siempre ha sido así, y ha habido períodos peores. Cuando la base de esa relación se establece desde las cúpulas o desde ámbitos donde lo que priva es el electoralismo, los intereses políticos y los mensajes de consumo interno, el resultado suele ser muy diferente. En ese contexto, las cosas de Cataluña suelen ser presentadas de manera negativa en Castilla, y vice-versa, creándose un efecto trinchera en ambos lados. Desde la ignorancia y el desconocimiento mutuos, se sobredimensiona el poder del otro y la sospecha nunca se ausenta de las actitudes. Al otro se le considera privilegiado, arrogante, poderoso en cuanto a su supuesta influencia en Madrid, cuando en realidad ésta no será ni tanta ni tan poca.   La historia también depara otros momentos que permiten ahondar en el proceso de deformación de la visión que se tienen castellanos y catalanes. Entre los catalanes falta una comprensión mayor del estado de subdesarrollo en que vive la industria en Castilla y la trágica emigración que conlleva. Entre los castellanos quizás falte un conocimiento mayor de los procesos históricos que contribuyeron camuflados o no al intento de desnacionalización de Cataluña. Poco se sabe del trauma que fueron para Cataluña la Guerra de los Segadores (1640-1659) o la implantación del Decreto de Nueva Planta al inicio del siglo XVIII. No son episodios inventados por la soflama del romanticismo. Su conocimiento bien pudiera ayudar a suavizar esa irritación, cuando no miedo, que se tiene en Castilla cuando se oye hablar de la Cataluña nación.   En este sentido, y para añadir algún dato más sobre una posible deformación de la imagen de Cataluña en Castilla, y vice-versa, son significativas las revelaciones que hace un historiador tan poco sospechoso de catalanismo como Ricardo García Cárcel en su libro Historia de Cataluña en los siglos XVI y XVII (Barcelona 1985). En él, el autor describe la manera en que Felipe IV literalmente pagaba a los principales autores de la época para que incluyeran en sus obras personajes y episodios que dieran mala imagen a los catalanes. Fue un proceso que el catedrático John H. Eliott ha descrito como un interesante precedente de política cultural y operación de imagen, en este caso en sentido negativo. En las obras de los autores, Felipe IV insistía que los catalanes debían aparecer como antipáticos, rebeldes y agarrados. Con ello se pretendía una deformación de la realidad catalana con fines políticos ya que se trataba de predisponer el pueblo castellano contra los catalanes y sus instituciones. En esta línea hay que interpretar que Francisco de Quevedo escribiera entonces frases como las siguientes: En tanto en Cataluña quedase un solo catalán, y piedras en los campos desiertos, hemos de tener enemigos y guerra; o Son los catalanes aborto monstruoso de la política. Libres con señor; por esto el Conde Barcelona no es dignidad, sino vocablo y voz desnuda. Se trataba de minar su legitimidad política y presentar su realidad como algo enrevesado, perverso y egoísta. Se pretendía dar argumentos para eliminar sus poderes jurídicos, económicos y ejecutivos, los cuales debían proyectarse como privilegios “en el sentido moderno, que no antiguo y noble de la palabra“ en mala hora concedidos. Laberinto de privilegios era, concretamente, la definición que hacía Quevedo de Cataluña. Para nada interesaba que el pueblo llano castellano pudiera ver a los catalanes como naturales de un pueblo provisto de una idiosincracia nacional, una arraigada y legítima voluntad de autogobernarse y una tradición literaria comparable con casi cualquier otra de Europa. Y la operación dio sus éxitos. Dejó huella. De entrada provocó una terrible guerra de diecinueve años. Y según como, su efecto sigue vivo hoy, expresándose en creencias muy presentes en las encuestas del CIS, como la que afirma que los catalanes sólo hablan catalán para fastidiar.   En cuanto a la movilización ideológica y la creación de odio entre pueblos, tampoco serían mancos los catalanes del XVII, aunque fuera para defenderse. Pero entre la operación de imagen de Felipe IV y la de Pau Claris, existe un claro hecho diferencial. La primera ganó “desde el punto de visto del predominio cultural y político “ y los segundos perdieron. En todo caso, a Cataluña se le negarían “con el tiempo“ todos los privilegios y las prerrogativas nacionales que Portugal en ese momento lograba consagrar de nuevo para si. A Cataluña, que “cabe insistir en ello “ partía de una situación no muy diferente a la de Portugal, se le acabaría imponiendo el derecho de conquista “así lo expresarían tanto el Decreto de Nueva Planta de 1715 como Gonzalo Torrente Ballester 280 años después“ mientras Portugal y Castilla vieron triunfar su patrón legislativo y su voluntad política, no sólo en casa sino allende mar.   Lamentablemente, ni la tópica animadversión hacia Cataluña es cosa de hoy en Castilla, ni lo es la tópica animadversión catalana hacia Castilla. La sinrazón, el oscurantismo y el distanciamiento que entre naciones ha creado el desconocimiento y “peor“ la tergiversación con fines electorales, parecen ser males endémicos de difícil erradicación, como se empeñan en demostrárnoslo algunos políticos y algunas administraciones actuales. Es ese oscurantismo, que hoy todavía existe, más las meteduras de pata de algunos políticos catalanes, lo que da cobertura a las actuaciones de políticos como Julián Lanzarote, alcalde de Salamanca, y a la Junta de Castilla y León, en el caso del Archivo General de la Guerra Civil de España. No tienen ningún empacho en escudarse en la legitimidad que dan las leyes franquistas para justificar la continuada retención de archivos robados por Franco a los territorios republicanos al final de la guerra civil. Francamente ¿qué se puede esperar de políticos que describen como fechoría el hecho de devolver a sus dueños documentos robados por Franco? Sólo desde una actitud oscurantista se puede justificar la conversión de un depósito policial en un archivo histórico sin dar explicación alguna a los que han surtido de sus documentos esa macabra institución.   Sólo con actitudes de dudosa orientación democrática se puede hablar con toda seriedad de una unidad de archivo en torno a una institución basada en el expolio. Cuando nadie niega “y menos la ciencia“ la posibilidad de hacer copias de todos los documentos que hay que devolver, el hecho de tachar de indignos “como ya hiciera Quevedo“ a los defensores de unos legítimos derechos, ya denota unas actitudes que van mucho más allá de las inquietudes archivísticas y culturales. La apuesta ideológica del Sr. Lanzarote y del PP de Castilla y León parece ir mucho más allá, aventurándose, sin admitirlo, en el peligroso mundo del enfrentamiento por sistema, el tópico territorial y el negacionismo histórico. En este aspecto, muy elocuente ha sido el hecho de que el Sr. Pío Moa haya sido el invitado estrella en el acto anti-retorno celebrado el pasado día 26 de mayo en Salamanca, siendo, como es, el máximo valedor de la teoría según la cual el papel de los franquistas estaba justificado en la Guerra Civil. ¿Quién mejor para arengar contra la izquierda y los nacionalistas que un pseudohistoriador capaz de decir: Quien destruyó en España la democracia fue la izquierda y los nacionalistas? Así lo acaba de declarar en una entrevista concedida a un medio salmantino. Ellos siempre están buscando ha dicho en referencia a los catalanes el agravio para crear el odio entre Cataluña y el resto. Huelga todo comentario. El Sr. Lanzarote dio el clavo. Era el hombre ideal para un acto diseñado para ahondar en la intransigencia y el enfrentamiento por sistema. Con propagadores tan terribles de la demagogia y la mentira liderando el discurso ideológico del Sr. Lanzarote, se hace fácil entender que los historiadores y los archiveros de más prestigio se estén inhibiendo cada vez más en este triste episodio.   La libertad, la dignidad, la capacidad para recuperar lo mejor de la historia y el respeto entre las naciones deben ser los mejores antídotos para frenar a los que pretenden enfrentar los territorios, humillar a los adversarios y justificar los actos injustificables del fascismo. Porqué Castilla y Cataluña “y con ellas, Aragón, el País Vasco, Asturias etc.“ nunca han sido mejores amigas que cuando ha predominado la libertad y la justicia. Esas son las mejores bases para el entendimiento.



juliol 12
Agur Cataluña
La Vanguardia | Enllaç web
Dilluns, 12.7.2004. 12:16 h| Sense comentaris
En los últimos meses, el PNV ha tomado una serie de pasos que los observadores más escépticos, tras cien años de espera, nunca pensaron que acabaría de dar. A propios y extraños ha sorprendido la apuesta del PNV por la doble fórmula Estella tregua, sobre todo a los sectores que habían archivado la virtualidad de un PNV "consecuente" con sus principios, viéndole irremisiblemente anclado por el peso de oro neguriense, níquel bilbaovizcaíno y plomo etarra que aparentemente paralizaba sus alas. Ahora esos sectores han tenido que realizar una rápida relectura de situación -o varias- al ver que el PNV se les iba de pantalla. Nadie parecía contar con que un partido que los politicólogos han calificado de "representante de la burguesía vasca" se descolgara con uno perteneciente al tipo de apuestas políticas que el efecto Fukuyama aseguraba haber enterrado para siempre. En un mundo político en que los "socialistas" ya no tienen casi nada de socialista, en que los doberman populares se han convertido en centrados caniches picones y el nacionalismo catalán hegemónico dormita entre las esencias del regionalismo para elites, ¿quién podría sospechar que el PNV seguiría apostando por la historia y una renovada fidelidad a la "n" de sus siglas?...



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